Los mitos fundacionales en Asia Central

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Diversos países a lo largo y ancho del mundo han creado una serie de mitos nacionales que les han dado su razón de ser y han inspirado a sus ciudadanos a mirar atrás con orgullo a sus fundadores. Desde la leyenda del Rey Arturo en Inglaterra, a la Reconquista en España o Carlomagno en Francia, los mitos, con una mayor o menor exactitud histórica, han evolucionado a lo largo de los siglos hasta formar parte de la psique de las naciones, especialmente a partir del siglo XIX. Las repúblicas centroasiáticas por su parte tuvieron que crear y adaptar sus mitos de manera abrupta cuando lograron la independencia.

Las fronteras actuales en Asia Central fueron creadas en la década de los años 20 y 30 del siglo pasado por los bolcheviques basándose en aspectos etno-lingüísticos que no eran nada claros. Las nacionalidades, tal y como eran entendidas por los soviéticos, eran algo desconocido en la región, dónde los individuos se definían a sí mismos por su familia, tribu o lugar de origen en vez de en términos étnicos. A raíz de ello, había hablantes persas fuertemente turquificados, hablantes de túrquico persianizados, tribus turcomanas que se identificaban como uzbekas, uzbekos que decían ser turcomanos y problemas en la distinción entre kazajos y kirguizos. A todo ello tuvieron que hacer frente las autoridades de la URSS cuando dibujaron las fronteras de las diferentes repúblicas soviéticas de la región.

De la noche a la mañana, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán se convirtieron en estados soberanos y tuvieron que comenzar un proceso de construcción nacional que incluía el desarrollo de una narrativa nacional, un factor importante para la cohesión de las naciones. En la mayoría de los casos, los líderes de las repúblicas echaron la vista atrás en busca de héroes nacionales y esplendor, pasando por alto los hechos históricos y usándolos para sus propios intereses políticos. Como veremos, la forma en la que se hizo esto varía de país a país debido a sus diferencias históricas, demográficas y políticas.

Uzbekistán, la tierra de Tamerlán

De las cinco repúblicas centroasiáticas, Uzbekistán es la que mejor ejemplifica el uso de una sola figura histórica para vertebrar su narrativa. El escogido por el presidente Islam Karimov para convertirse en el héroe nacional fue Amir Timur, mejor conocido en Occidente como Tamerlán.

Tamerlán fue un conquistador turco-mongol del siglo XIV que creó el último gran imperio de Asia Central que en su cénit se expendía desde Asia Menor en el oeste, a India en el este. Nacido en Shahrisabz, en la actual Uzbekistán, Tamerlán fue un habilidoso caudillo militar que creó su imperio tras una serie de exitosas e implacables campañas militares al mismo tiempo que embellecía su capital, la legendaria Samarcanda.

La elección de Tamerlán, un brutal pero victorioso conquistador, como héroe nacional se ajustaba a la aspiración de Karimov de ser la potencia regional, para lo cual competía con Kazajstán, al igual que a sus políticas nacionalistas en un país con una respetable minoría tayika. Además, Tamerlán era un implacable emir que llegó a crear un estado poderoso durante su reinado, algo a lo que el presidente Karimov, él mismo un dictador con poco respeto a los derechos humanos, aspiraba. Las similitudes entre ambos mandatarios, ya fueran intencionadas o no, no terminan aquí. Ninguno de ellos era uzbeko, Karimov era probablemente de origen tayiko y el caso de Tamerlán se explica más adelante, y su legado empezó a venirse abajo poco después de su óbito.

Escoger a Tamerlán era la opción lógica para Karimov y su gobierno. Sin embargo, considerar al conquistador como el fundador de la nación uzbeka no está exento de problemas. En primer lugar, como ya se ha dicho, no era uzbeko. Tamerlán formaba parte de la tribu barlas, una confederación mongola que fue turquificada tras pasar años en la región. De hecho, los uzbekos llegaron a ser enemigos de sus sucesores y a finales del siglo XV terminaron por asentarse en lo que hoy es Uzbekistán. Desde una perspectiva histórica, la dinastía uzbeka de los shaybánidas, que derrocó a los timúridas y estableció el Janato de Bujará en el siglo XVI, hubiese sido una elección más acertada. A pesar de ser una potencia regional, dando un gobernante refinado y efectivo como Abdulá Jan II (r. 1583-1598), el Janato de Bujará o su vecino, el también uzbeko Janato de Jivá, no pueden compararse con el esplendor de Tamerlán y su papel en la historia. Uzbekistán necesitaba un gobernante fuerte e incluso temido, y Tamerlán, a pesar de las imprecisiones históricas, era el más acertado.

Mientras que Tamerlán es el principal personaje usado por las autoridades uzbekas en su proceso de construcción nacional, otras figuras históricas han sido utilizadas para crear una narrativa alrededor de la cultura uzbeka. El más importante de estas ha sido el poeta Alisher Nava’i (1441-1501), conocido por escribir en túrquico en vez de en persa, como hasta entonces era común. En este caso, el proyecto ya había sido empezado por los soviéticos, que vieron en Nava’i al gran representante del idioma uzbeko. Como parte de su proceso de creación de estados basado en términos etno-lingüísticos, los soviéticos llamaron al idioma chagatai, la lengua túrquica usada por Nava’i, “uzbeko antiguo”, a pesar de que era un idioma diferente al uzbeko hablado por las tribus homónimas que rápidamente adoptaron el chagatai. El uzbeko moderno es una continuación del chagatai y no se llamó “uzbeko” hasta que las autoridades soviéticas lo renombrar así. Es por ello que, aprovechando la narrativa creada en tiempos soviéticos, era del todo lógico que Nava’i continuase en su papel de fundador de la literatura uzbeka. 

Tayikistán, irredentismo samánida

Al contrario que las otras repúblicas, que son de origen túrquico, Tayikistán es cultural y lingüísticamente persa. En vez de imperios de la estepa y conquistadores, las autoridades tayikas miraron a otro lado para encontrar su mito fundacional. Una vez hubo terminado la guerra civil en 1997 y pudo empezarse el proyecto de construcción nacional, el presidente Emomali Rahmon se dirigió a los samánidas en busca de inspiración.

El Imperio Samánida (819-999) fue el último gran estado iranio en Asia Central, con el permiso de los góridas del siglo XII. En su punto álgido, los samánidas fueron la potencia de su época, gobernando desde su capital en Bujará sobre la mayor parte del Irán actual, al igual que sobre Afganistán y las repúblicas centroasiáticas. Antes que ellos, la región había caído bajo la influencia de los árabes y después serían sucedidos por diferentes estados túrquicos. Recurrir a los samánidas como fundadores de la nación tayika era una estrategia lógica que se sostiene mejor que, por ejemplo, la de los uzbekos con Tamerlán. Ismail Samani, el más grande de los emires samánidas, se ha convertido en el personaje principal en la historia del país. Ha dado nombre a la moneda tayika (el somoni) y la montaña más alta de Tayikistán, y una gran estatua suya se yergue orgullosa en la capital Dusambé.

No obstante, Tayikistán no es sino una sombra de lo que llegaron a ser los samánidas. La delineación soviética que creó la RSS Tayika dejó a los tayikos sin ninguna ciudad importante. Los grandes faros culturales de Bujará y Samarcanda, las antiguas capitales samánidas, que los tayikos consideran como propias y donde todavía vive una considerable población de habla tayika, fueron concedidas a Uzbekistán. Al asociar Tayikistán con la dinastía samánida en un esfuerzo de resaltar la importancia de los tayikos, que en su día dominaron la región, el gobierno reclamó de manera implícita el territorio ocupado por los samánidas, y eso incluye las ciudades ahora uzbekas de Samarcanda y Bujará.

Rahmon y su gobierno también han intentado reclamar hitos culturales más allá de sus fronteras. El poeta Rudakí (859-940/41), es visto, con toda la razón, como el máximo referente de la cultura en Tayikistán. Nacido no lejos de Dusambé, es la primera gran figura de la literatura neo-persa y su poesía se lee no solamente en Tayikistán sino en todo el mundo persahablante. Sin embargo, la reivindicación de Rahmon de que intelectuales persas como Ferdousí, Hafez, Omar Jayam, Rumi y Avicena, entre otros, son tayikos es ir demasiado lejos.

Turkmenistán, un mito viviente para los turcomanos

De todas las repúblicas centroasiáticas, Turkmenistán lo tuvo más difícil a la hora de crear una narrativa histórica debido a su estructura tribal antes de la era soviética y la falta de un estado histórico. Sin embargo, el país turcomano terminó usando un número de personajes históricos como el semi-mítico Oguz Jan, padre del pueblo túrquico, y Sanyar, el sultán selyúcida que se estableció en Merv, en el Turkmenistán actual. Pese a ello, el fundador principal de la nación turcomana no fue un personaje distante, muerto hace siglos, sino el primer presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov.

Niyázov creó alrededor de su figura un excéntrico culto de personalidad para mantenerse en el poder. Sin un clan familiar que le apoyase, se aseguró que toda la autoridad del país estuviese concentrada en su persona. Adoptó el título de Türkmenbaşy  (Líder de los turcomanos), se hizo omnipresente en la vida de los ciudadanos turcomanos y escribió un libro pseudo-espiritual y revisionista llamado Ruhnama que se convirtió de obligatoria lectura para los estudiantes. Niyázov se convirtió a sí mismo no solo en el gobernante de Turkmenistán sino también en su referencia tanto histórica como espiritual.     

Como en el caso de Uzbekistán y Tayikistán, las autoridades soviéticas promovieron escritores y poetas en Turkmenistán ya que eran considerados menos peligrosos que los gobernantes históricos. En Turkmenistán estamos hablando de Magtymguly Pyragy (1724-c.1807), el gran maestro de la literatura turcomana. Magtymguly no sólo escribió sus versos en turcomano, en vez de persa, sobre el amor, la religión y el espiritualismo, sino que también intentó impulsar la unificación de las diferentes tribus turcomanas “entre el Amu Daria y el Caspio”. Si un personaje histórico representa el deseo de una nación turcomana unida, ese es Magtymguly, pero por motivos políticos ha sido relegado a un papel meramente literario.  

Kirguistán, una historia épica

Mientras que algunas de las repúblicas, principalmente Uzbekistán, llevaron a cabo una política nacionalista desde el principio, en Kirguistán el proceso fue más gradual a raíz de la composición étnica del país. En vez de crear una narrativa nacional basada en la nacionalidad titular, el primer presidente de Kirguistán, Askar Akayev, acuñó el eslogan “Kirguistán es nuestro hogar común”. Al hacerlo, Akayev quería acomodar a la población no kirguiza para prevenir su éxodo tras la independencia. Al mismo tiempo, empezó a construir una narrativa para los kirguizos para ayudarle a mantenerse en el poder, que impulsó principalmente antes de las elecciones generales a mediados de los 90 y principios de los 2000.

Al contrario que los uzbekos y tayikos, los kirguizos no podían echar la vista atrás a un imperio poderoso. Aunque diferentes estados importantes, como los karajánidas y los karakitais, ocuparon el territorio del Kirguistán moderno antes de la conquista mongola, no estaban emparentados con los kirguizos. Por ello, Akayev decidió dirigirse a la literatura en la forma de la Épica de Manas. El poema narra las aventuras y desventuras de Manas, un héroe que batalla contra enemigos e invasores a lo largo de más de medio millón de versos. El personaje de Manas encaja mejor en la tradición nómada kirguiza que cualquier otra figura histórica y se ajusta al proceso de creación nacional ya que Manas posee los atributos de guerrero, marido, padre y acérrimo defensor de la unidad nacional contra enemigos extranjeros. Los problemas comienzan cuando las autoridades kirguizas afirman que Manas realmente existió, celebrando en 1995 su aniversario milenario y construyendo un museo dedicado al héroe alrededor de un mausoleo del siglo XIV, donde la tradición dice que fue enterrado. No obstante, el manuscrito más antiguo del poema épico data de finales del siglo XVIII y la trama parece narrar eventos que tuvieron lugar en la región en el siglo anterior. 

Además de promover la Épica de Manas, cuyo héroe da nombre a diferentes lugares en el país, incluyendo el aeropuerto de Bishkek y a una montaña, y cuya historia está representada en la bandera del país, Akayev también impulsó la celebración del 3.000 aniversario de la ciudad de Osh y los, controvertidos, 2.200 años de la nación kirguiza. Pero ninguna de estas iniciativas tuvo la misma repercusión que el poema.

Kazajstán, el resurgir del janato

Mientras que Kirguistán tuvo que lidiar con una demografía diversa tras la independencia, el caso de Kazajstán fue más extremo. Kazajstán fue la única república exsoviética en la cual la nacionalidad titular no llegaba a la mitad de la población, contando con casi tantos rusos como kazajos. El primer presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, manejó la situación con habilidad, no llevando a cabo políticas nacionalistas y esforzándose para que los diferentes grupos étnicos coexistiesen pacíficamente para evitar conflictos interétnicos.

Con el paso del tiempo, la demografía en Kazajstán cambió. La emigración de rusos y otras minorías y la inmigración de kazajos que vivían en otras partes de la URSS, o más lejos en China y Mongolia, terminaron por hacer que los kazajos fuesen mayoría en su país. Al mismo tiempo que seguía desempeñando una política de armonía entre las diferentes etnias, Kazajstán comenzó a mirar al pasado en busca de sus fundadores. El proceso fue probablemente acelerado tras unas declaraciones de Vladimir Putin en 2014, en plena crisis con Ucrania, en las dijo que los kazajos nunca habían sido un estado. Nazarbáyev respondió implícitamente el año siguiente con la celebración del 550 aniversario del estado kazajo. “El aniversario del Janato Kazajo demuestra que la nación kazaja y el estado kazajo tienen una larga historia”, declaró entonces el presidente.

El Janato Kazajo al que se refería Nazárbayev fue fundado en 1465 por Kerey y Janibek, dos líderes tribales que se independizaron el Janato Uzbeko. El nómada Janato Kazajo se extendía aproximadamente por el Kazajstán actual y prosperó en el siglo XVI, antes de un declive gradual que terminó en su incorporación al Imperio Zarista. Aunque el Janato Kazajo no tenía las características de un estado moderno, como defendía Nazarbayev, era la mejor opción que tenía el gobierno, junto con la difusión de la cultura nómada en el territorio de Kazajstán, a través de la cual se trató de incluir a los no-kazajos. 

A pesar de promover el janato a través de eventos, festividades e incluso películas, Kazajstán no ha ido tan lejos como otros países en lo referente a sus mitos fundacionales. Mientras que Tamerlán e Ismail Samani tienen una fuerte presencia en Uzbekistán y Tayikistán respectivamente, las autoridades kazajas no han hecho lo mismo con Kerey y Janibek. El país todavía tiene una población diversa, con una importante presencia rusa en el norte, y un nacionalismo exacerbado puede atraer inestabilidad.

Las cinco repúblicas centroasiáticas que emergieron de la URSS tuvieron que crear sus propios mitos fundacionales en un corto espacio de tiempo. En cada país, fueron los objetivos políticos de las élites gobernantes los que decidieron la narrativa nacional que el país debía seguir. Los mitos emanaron desde el gobierno y fueron promovidos a través de las diferentes instituciones estatales, los medios de comunicación y la cultura popular. Aunque las diferentes identidades nacionales ya están consolidadas, nuevos gobernantes pueden intentar hacer alteraciones a las narrativas para reducir la influencia de sus predecesores y dejar su propia huella.

Me gustaría agradecer a la periodista Joanna Lillis por su ayuda acerca del proceso de construcción nacional en Kazajstán

[Artículo original publicado en Foreign Policy Centre]


Foto: estatua de Amir Timur en Shahrisabz  (Uzbekistán), autor Adam Jones publicado bajo licencia de Creative Commons sin cambios

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