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Entrevista con Carlos Hernández, un periodista español dentro de Turkmenistán

Carlos Hernández (Madrid, 1969) es un laureado periodista español con una amplia experiencia internacional. Recientemente se ha convertido en uno de los pocos periodistas extranjeros que ha logrado entrar en Turkmenistán de incógnito. En una serie de cuatro reportajes para eldiario.es, Hernández acerca a los lectores la realidad del país centroasiático, uno de los más herméticos del mundo y un gran desconocido para el público español.

En Blue Domes tuvimos la fortuna de poder entrevistarle sobre su experiencia en Turkmenistán.

La primera pregunta es obligada. ¿Por qué, entre todos los países, te decidiste a hacer un reportaje sobre Turkmenistán?

Te confieso que era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Hace ya muchos años que conocía la crueldad y también las extravagancias de los dos dictadores turkmenos y me sorprendía que no se hablara de ello en Occidente. En este tiempo había leído y visto decenas de reportaje sobre Corea del Norte y apenas nada sobre Turkmenistán, así que me dije… tengo que contarlo.

Entrar en Turkmenistán como extranjero no es nada fácil, como mencionas en tu primer artículo. ¿Simplemente tuviste suerte?

Pues sí, aunque también me lo trabajé un poco. Yo sabía que la única opción de entrar era hacerme pasar por turista. El problema es que en Turkmenistán, salvo para un corto periodo de tránsito, si quieres un visado de turista tienes que gestionarlo con una agencia de viajes local. Yo le di mil vueltas y acabé localizando una agencia cuyo cuartel general está en China y que está especializada en viajes a países como Corea del Norte. Comprobé que ellos eran los únicos en todo el planeta que garantizaban a sus clientes asistir a determinados desfiles y actos patrióticos en los que no se suele permitir la asistencia de visitantes foráneos. Total, que concluí que ellos debían tener buenos contactos en el propio régimen turkmeno y les elegí. Aunque fue un acierto, comprobé en primera persona que, pese a todo, había tenido suerte. En el mismo grupo de turistas en el que se me incluyó, el régimen turkmeno negó a tres personas el visado y, por tanto, el acceso al país. Una de ellas era un influencer con muchos seguidores, otra era una mujer vinculada a una ONG y el tercero… el tercero no sabemos por qué entró en la lista negra. Es obvio que mi petición no la investigaron a fondo porque les habría bastado con buscar en Google para averiguar que soy periodista. Supongo que España les queda muy lejos como para representar una amenaza… o quizás “Carlos Hernández” es un nombre y un apellido demasiado común como para que la alarma saltara solo con teclearlo.

Ya con los papeles en regla, entraste en el país por la frontera terrestre entre Uzbekistán y Turkmenistán, en vez de por el aeropuerto de Ashgabat, como hacen la mayoría de extranjeros. ¿Qué te hizo tomar esa ruta?

Me parecía mucho más interesante utilizar un paso poco frecuentado por extranjeros y, de paso, visitar esa zona de Turkmenistán. Yo sabía que, nada más cruzar la frontera, tendría que ir siempre acompañado por un guía-espía designado por la agencia local turkmena. Sabía que iban a intentar mostrarme una imagen tan idílica como irreal del país, tal y como hacen también en Corea del Norte. Por eso creí que tendría más posibilidades de extraer pinceladas de realidad cuantos más kilómetros recorriera, cuantas más zonas visitara y muy especialmente aquellas que no reciben visitantes y que, por tanto, no están tan vigilantes, tan prevenidas ni tan atemorizadas ante la presencia de un extranjero. Entrar por un remoto paso terrestre del norte me permitió recorrer con cierta tranquilidad y hasta algo de libertad todo el territorio que separa las localidades de Konye-Urgench y Dasoguz.

Durante tu estancia en Turkmenistán te hiciste pasar por un turista más. ¿En algún momento temiste que descubriesen que en realidad eres periodista?

Tomé todas las precauciones que pude. Por si me registraban a fondo, dejé mi carnet de prensa y el disco duro externo de mi ordenador en Uzbekistán. Una vez dentro del país evité conectarme a Internet a través del Wi-Fi de los hoteles para que no pudieran monitorizar mi email. También fui cuidadoso con las preguntas que hacía. Traté de sacar la información poco a poco y de diversas personas. No actué como periodista incisivo, sino como un simple turista algo preguntón. Quizás todas estas medidas eran innecesarias, no lo sé, pero en estos países es mejor no confiarse. 

Lejos de las fachadas de mármol, te internaste en el Ashgabat real de la gente humilde. ¿Cómo fue la experiencia de ver aquello que el gobierno se esfuerza en ocultar?

Fue muy interesante… y no solo en Ashgabat. Pude hacerlo en otras ciudades turkmenas como Balkanabat o Turkmenbashi. En la capital me impactó mucho cómo se han creado una especie de barreras arquitectónicas que separan la zona marmórea de la real… Es más una separación estética que coercitiva, porque puedes atravesarlas por multitud de puntos. Pero refuerza esa sensación de decorado de mármol tras el cual se encuentra esa Ashgabat real. En ella la gente vive con lo justo en barrios que recuerdan mucho a los de cualquier ciudad humilde de, por ejemplo, Uzbekistán. Edificios destartalados, adornados de parabólicas, con calles mal asfaltadas y aceras de tierra. Junto a esa pobreza que tanto contrasta con el lujo de la nueva y fantasmagórica Ashgabat, lo que más me llamó la atención fue el miedo con el que vive la población. Un miedo que les lleva, mayoritariamente, a recelar del extranjero porque creen, y no les falta razón, que un eventual acercamiento al visitante les puede acarrear todo tipo de problemas. Incluso cuando vencen esa reticencia inicial y acaban charlando contigo, se cuidan muy mucho de emitir cualquier opinión política. Me marcó mucho escuchar a personas que me habían dado permiso para fotografiarlas, arrepentirse enseguida y rogarme que no subiera esa foto a Internet.

El Ashgabat real detrás del mármol (Fuente: Carlos Hernández)

Estuviste también en Avaza, el proyecto turístico del gobierno en el mar Caspio. ¿Cómo lo definirías?

Una de las obras más grandiosas y a la vez más inútiles de nuestro planeta. Como casi todo lo que se diseña en ese país, la decisión de construir Avaza partió de un mero capricho. Fue la idea de un tirano con aires de emperador, pero con una inteligencia bastante limitada. Berdimuhamedov quiso construir su Dubái turístico en el Caspio sin preocuparse por realizar el más mínimo estudio de mercado. Se dedicó a gastar millones y millones de dólares en lujosos resorts, parques deportivos y recreativos sin importarle si habría o no clientes dispuestos a utilizarlos. Como escribí en uno de mis reportajes: “Los precios de los hoteles para los turkmenos son desorbitados, los turistas extranjeros tienen que superar mil obstáculos para conseguir un visado de entrada al país y si lo logran, solo se les permite moverse libremente por el interior del complejo… ¿Qué podía salir mal en este penúltimo proyecto de Berdimuhamedov?”

Monumentos insólitos, un dictador oficialmente grafómano, museos y parques recreativos vacíos… ¿Cuál fue la excentricidad que más te llamó la atención?

Es difícil señalar solo una. Me impresionó mucho ver cómo se obligaba a miles de ciudadanos a dormir en la calle para así estar preparadas y poder jalear al dictador al día siguiente, en su recorrido hacia un acto público. Me impactó ver grandiosos monumentos y gigantescos museos abiertos, repletos de personal, pero permanentemente cerrados al público. Pero es verdad que si se me ha quedado una imagen y un sonido grabados, esos son los del principal parque infantil de Ashgabat. Una zona enorme, dentro de un lujoso edificio, repleta de carruseles, coches de choque, máquinas recreativas… en pleno funcionamiento, emitiendo sus luces y sus melodías para nadie, porque ni entonces ni nunca hay un solo niño en ese lugar. Si fuera director de cine y tuviera que rodar una película apocalíptica, sin duda me iría a rodarla a este y otros edificios de Ashgabat.  

¿Por qué crees que, pese a las flagrantes violaciones de derechos humanos, Occidente parece ignorar lo que sucede en Turkmenistán?

Sinceramente, yo creo que la principal razón es que el dictador permite a Occidente sacar tajada de las riquezas naturales de su país. Empresas alemanas o francesas, por ejemplo, tienen contratos millonarios con distintos ministerios turkmenos. Es, por tanto, un dictador que no molesta a Occidente. Tanto es así que la Unión Europea ha abierto recientemente una embajada en Ashgabat con fines, principalmente, comerciales.

No ya solamente Turkmenistán, sino toda la región de Asia Central es una gran desconocida en España. ¿Cómo la describirías para el lector español?

Es una región maravillosa y con muchas posibilidades, pero que cuenta con un gran problema: sus gobernantes. Aunque algunas se han tratado de maquillar como democracias, todas las repúblicas están gobernadas por tiranos más o menos duros. Son regímenes autoritarios que no respetan los derechos humanos más básicos y que, además, están gangrenados por la corrupción. Si pudiéramos permitirnos no mirar hacia arriba, lo que veríamos sería extraordinario. Una población profunda y sinceramente hospitalaria. Una naturaleza sobrecogedora. Una Historia milenaria que tan pronto te traslada a la época de las caravanas de la Ruta de la Seda, como te introduce en la red de gulags creada por Stalin en tiempos de la Unión Soviética. Una región rica, gracias a sus casi infinitos recursos naturales, con una población que, muy mayoritariamente, vive humildemente. Yo he viajado a cerca de 100 países de los cinco continentes y he encontrado pocas zonas tan apasionantes turística, económica y políticamente hablando.

Las opiniones expresadas en esta entrevista no reflejan necesariamente las opiniones de Blue Domes

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