Ocho años después de su muerte, el primer presidente de Uzbekistán, Islam Karímov, sigue simbólicamente presente en el país.
El 30 de enero, Shavkat Mirziyoyev honró la memoria de su predecesor depositando una corona floral a los pies del monumento a Islam Karímov en Tashkent. El acto, en el que participaron el presidente y otros políticos uzbekos, marcó el que habría sido el 86 cumpleaños del propio Karímov. El mismo gesto se repitió en monumentos similares que representan al difunto presidente en su Samarcanda natal y en Karshi.
Rendir homenaje a Karímov en las fechas de su nacimiento y muerte se ha convertido en un acontecimiento anual en Uzbekistán después de que el primer presidente del país falleciera en 2016. En Tashkent y Samarcanda, donde está enterrado en su propio mausoleo, también es habitual que mandatarios extranjeros depositen flores en sus monumentos. También es havitual que el presidente Mirziyoyev lo haga siempre que visita Samarcanda. Pero eso no es todo. Se han erigido un puñado de estatuas de Karímov dentro y fuera del país, y se ha dado su nombre a diferentes instituciones e infraestructuras clave. Karímov tiene incluso su propio complejo y museo para preservar su legado. A pesar del llamamiento de Mirziyoyev a un “Nuevo Uzbekistán”, el principal representante del “Viejo Uzbekistán” sigue presente.
Karímovs de bronce

Al contrario que sus homólogos del vecino Turkmenistán, Islam Karímov no sentía la necesidad de verse reflejado en grandes esculturas. Pero eso cambió tras su muerte. En 2017, las autoridades uzbekas inauguraron estatuas del primer presidente en Tashkent, frente al palacio presidencial donde vivía, y en Samarcanda, su ciudad natal. Al año siguiente ocurrió lo mismo en Karshi, ciudad donde Karímov pasó parte de su carrera. El Presidente Mirziyoyev estuvo presente en todas las inauguraciones elogiando a su predecesor y sus logros.
Resulta irónico que el escultor elegido por las autoridades fuera un artista de renombre que cayó en desgracia con Karímov. Como consecuencia, perdió su casa, su coche y se arriesgó a ir a la cárcel. Años más tarde, Ilhom Jabbarov recibió el encargo de esculpir a su represor.
Mientras que las estatuas de Karímov en Uzbekistán no suscitaron ninguna polémica internacional, no puede decirse lo mismo de un monumento al difunto presidente en Rusia. En 2017, la Fundación Karímov, dirigida por su hija Lola Kaíimova-Tillyaeva, contrató los servicios de un escultor británico para construir un monumento que custodiara la embajada uzbeka en Moscú. Paul Day fue criticado por las asociaciones de derechos humanos y la sociedad civil por aceptar el proyecto. Sin embargo, eso no detuvo a Day y la estatua se inauguró al año siguiente. Nunca se llegó a revelar la cantidad que la fundación pagó al artista por tan controvertido trabajo.
Un complejo para proteger su legado
Aunque la Fundación Karímov (“una organización benéfica llamada así en honor del difunto presidente uzbeko Islam Karímov”, como se define a sí misma en su página web) es una institución privada creada por su hija menor, el Estado uzbeko también intervino para proteger el legado de Karímov. Y lo hizo a gran escala.
En abril de 2017 se creó en Tashkent el “Complejo conmemorativo científico y de la ilustración que lleva el nombre del primer presidente de la República de Uzbekistán Islam Karimov”. El lugar elegido no fue otro que Oqsaroy, el palacio presidencial del mandatario. Además de albergar su estatuto y sus exuberantes alrededores, el complejo incluye un museo dedicado a Islam Karímov, un centro educativo, una biblioteca y una sala de conferencias.
Este es el lugar de la capital uzbeka donde las autoridades se reúnen para rendirle homenaje. Aunque el lugar adecuado para hacerlo está 300 kilómetros al suroeste, en Samarcanda, la ciudad natal de Karímov.
Un mausoleo timúrida para un fan de Tamerlán

No es de extrañar que la última morada de Islam Karimov acabara siendo la ciudad que le vio nacer, Samarcanda. Pero una simple tumba no era suficiente para el primer presidente de Uzbekistán. Tras su entierro, en coordinación con la UNESCO, se iniciaron las obras del mausoleo que albergaría sus restos dentro del complejo de la mezquita Hazrat Jizr, del siglo XIX.
Karímov, que convirtió al emir Timur (conocido en Occidente como Tamerlán) en la principal figura histórica y padre fundador de Uzbekistán, acabó con un mausoleo no muy diferente a los de los timúridas enterrados en el vecino complejo de Shah-i-Zinda. Aunque hay que decir que la tumba de Karímov aún palidece en comparación con el famoso Gur-e-Amir del conquistador.
El monumento se inauguró finalmente el 30 de enero de 2018, coincidiendo con el 80 cumpleaños de Islam Karímov. Desde entonces, es una de las paradas obligatorias de líderes y mandatarios extranjeros cuando visitan la ciudad. Una notable excepción fue el francés Emmanuel Macron, que evitó homenajear a Karímov durante su viaje a Samarcanda el año pasado. Al fin y al cabo, sería censurable que un político de un país democrático depositara flores en la tumba de alguien célebre por los abusos contra los derechos humanos cometidos durante su presidencia. Otros, como el azerbaiyano Ilham Aliyev, el kazajo Kassym-Jomart Tokayev, el kirguís Sadyr Japárov, el tayiko Emomali Rahmon, el turcomano Serdar Berdimujamédov o el turco Recep Tayyip Erdogan, por citar sólo algunos, no han tenido esas reservas.
Calles, aeropuerto, universidad…
En los dos años posteriores a la muerte de Karímov, se bautizó con su nombre a distintas instituciones del país. Su alma mater, la Universidad Técnica Estatal de Tashkent, recibió su nombre. Lo mismo ocurrió con el Palacio de las Artes de Ferganá, una fábrica de automóviles de la ciudad oriental de Asaka y varias calles de todo el país. Los viajeros que lleguen en avión a la capital también serán recibidos por el ex presidente al aterrizar en el aeropuerto internacional Islam Karímov.
El lugar de Karímov en el “Nuevo Uzbekistán”
La presencia de Islam Karimov en el Uzbekistán actual es paradójica. Por un lado, Shavkat Mirziyoyev ha reiterado querer dejar atrás el pasado, y por ello acuñó el lema de “Nuevo Uzbekistán”. Incluso ha llegado a criticar abiertamente a Karimov, llegando a declarar en 2021: “nos hemos liberado de los miedos en los últimos cinco años”. Sin embargo, Mirziyoyev, que fue el primer ministro de su predecesor durante más de una década, también debe su éxito a Karímov y, por tanto, el primer presidente también es una fuente de legitimación de su gobierno. Especialmente durante sus primeros años en el cargo.
Aunque Mirziyoyev mantiene la tradición anual de rendir homenaje a Karimov, y los líderes extranjeros han seguido visitando el mausoleo del primer presidente hasta al menos 2022, la mayoría de las iniciativas mencionadas para honrar su memoria tuvieron lugar en 2017 y 2018. Durante aquella época Mirziyoyev se encontraba consolidándose al frente el país y defendiéndose de posibles rivales, por lo que la continuidad era la opción más razonable y pragmática.
En la actualidad, no obstante, el legado de Karímov ha adquirido un tono folclórico. Su presencia sirve de vínculo con el pasado y la independencia del país, pero no eclipsa ni socava al régimen actual. Es más bien un complemento menor. No hay ningún deseo de volver a los años de Karímov ni una gran nostalgia por su gobierno. Honrar a Islam Karímov un par de veces al año o ver su nombre en una calle no interfiere en la vida cotidiana del país. Son gestos deferentes hacia un época que no volverá. La era Karímov es cosa del pasado. La era Mirziyoyev, con sus similitudes y diferencias con la de su predecesor, está ahora en pleno apogeo.
También cabe preguntarse si Karímov, cuyo régimen fue famoso por sus violaciones de los derechos humanos y por sucesos escalofriantes como la masacre de Andiyán en 2005, debería ser conmemorado en el Uzbekistán actual, sea de la forma que sea. Pero esa ya es otra cuestión…
Próximamente: “Saparmurat Niyazov en el Turkmenistán actual”
