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Del zar a Nazarbáyev: las ciudades de Asia Central y sus nombres

Durante siglos, Londres ha sido Londres, París ha sido París y Roma ha sido Roma. A pesar de revoluciones, guerras y demás convulsiones, los nombres de esas ciudades se han mantenido igual tras evolucionar naturalmente. Cambiar de manera abrupta los nombres de ciudades puede parecer extraño al público occidental, especialmente al europeo, pero si miramos al Este es un fenómeno que ha tenido lugar de manera regular a lo largo del siglo XX, sobre todo en la Unión Soviética, y es algo que todavía ocurre en las repúblicas de Asia Central. Ideologías, motivaciones políticas y megalomanías han llevado al cambio de nombre de ciudades en toda la región.

Los nombres tienen poder, ya sean de individuos, naciones o entidades supranacionales. No son solamente una forma estética, sino que también tienen un significado adscrito a ellos. Las ciudades no son una excepción. Son otro instrumento más en el arsenal de los diferentes regímenes para forzar su narrativa a su población y representar una imagen deseada. Desde tiempos de los zares al presente, las poblaciones urbanas de Asia Central han sido testigo del cambio de nombre de sus ciudades, incluso en múltiples ocasiones. Uno puede seguir la historia de la región si estudia cómo ha variado su nomenclatura en el último siglo. Desde personalidades comunistas a familiares de los gobernantes, de antiguas palabras a poetas, todos han sido utilizados por las autoridades de turno y representan una imagen clara de las vicisitudes históricas por las que ha atravesado Asia Central.

La llegada de la URSS trajo cambios en el nombre de las ciudades para honrar a sus héroes. Décadas más tarde, las repúblicas se apartaron de la herencia soviética y viraron hacia el nacionalismo, y con ello su idioma e historia. En muchos casos, según los países, los regímenes autoritarios volvieron a la megalomanía, y eso se reflejó en sus núcleos urbanos. Todos estos cambios tuvieron sus motivaciones y contextos históricos. ¿Cuáles fueron?

Conquistadores zaristas

La conquista rusa de Asia Central en el siglo XIX estuvo aparejada a la fundación de nuevos asentamientos por las fuerzas zaristas, principalmente en el Kazajstán actual, donde la tradición nómada estaba más presente. Los rusos establecieron varios fuertes, que posteriormente se convertirían en ciudades, incluyendo Verniy y Alexandrovksy, éste último en honor al zar Alejandro I. En muchos casos, fueron erigidos cerca de asentamientos existentes que eran poco más que aldeas, por lo que se puede decir que los construyeron desde cero. De manera similar, el Fuerte Petrovksy, llamado así por el general que lo conquistó, fue edificado en la fortaleza de Ak-Mechet después de que ésta fuese arrebata al Janato de Kokand. Espoleadas por su expansión militar, las fuerzas zaristas no alteraron significativamente los nombres en la región y, en la mayoría de los casos, se limitaron a dar nombre sus propios asentamientos.

Honrando a los héroes rojos

La Revolución Rusa y la llegada de la Unión Soviética supusieron una ruptura con el régimen zarista. Los nombres, prácticas y héroes prerrevolucionarios fueron sustituidos por principios y personalidades bolcheviques. Por ello, la capital de San Petersburgo/Petrogrado pasó a llamarse Leningrado, Tsaritsyn Stalingrado, Ekaterimburgo Sverdlovsk, etc. Las referencias al pasado de Rusia cayeron al olvido. El país tenía nuevos héroes que debían ser honrados y Asia Central, aunque estuviese lejos del centro de la URSS, no fue una excepción.  

Los fuertes de época zarista, ya ciudades, fueron rebautizadas por los bolcheviques. Verniy se convirtió en Alma-Ata (1921), un nombre con raíces kazajas, Fuerte Alexandrovsky abandonó su nombre real por el de Shevchenko (1939), poeta ucraniano Taras Shevchenko que estuvo exiliado allí en el siglo XIX, y el Fuerte Perovsky recibió el nombre kazajo con connotaciones comunistas de Kyzyl-Orda (1925), o Ciudad Roja. Sin embargo, los cambios fueron más evidentes en las capitales de las RSS kirguizas y tayikas.

Bishkek y Dusambé se convirtieron en Frunze (1926) y Stalinabad (1929), respectivamente. El primero hacía referencia a Mijaíl Frunze, un revolucionario bolchevique e integrante del Ejército Rojo que sucedió a Trotsky al frente del Comisariado de Asuntos Militares y Navales. La capital kirguiza no recuperaría su nombre prerrevolucionario, con una alteración gramatical, hasta 1991, justo antes de su independencia. En el caso tayiko, tal y como Stalin tenía su ciudad en el Volga, añadiendo el sufijo de ciudad en ruso –grad, también acabó con una en Asia Central, usando sin embargo el sufijo equivalente persa de –abad en un caso curioso de asimilación. Lo mismo ocurrió con Lenin, cuando Leninabad (1936) sustituyó a Juyand, una ciudad milenaria de la Ruta de la Seda. Como sucedió en el resto de la Unión Soviética, la «desestalinización» también llegó a Asia Central y Stalinabad volvió a ser Dusambé al igual que Stalingrado pasó a ser Volgogrado.  

Los burócratas de la URSS no sólo escogieron a personalidades soviéticas. Como parte de su estrategia de construir identidades nacionales maleables para los repúblicas de Asia Central, las autoridades echaron la vista atrás a figuras literarias de hace siglos que no representaban una amenaza al orden establecido. De este modo, la ciudad de Kermine recibió el nombre del poeta chagatai Alisher Nava’i (1441-1501), considerado el fundador de la literatura uzbeka.

El nacionalismo entre en escena

Cuando las repúblicas centroasiáticas alcanzaron la independencia tuvieron que crear una narrativa y cohesión como parte de su proceso de construcción nacional, articulado a través de un novedoso nacionalismo. Los nombres se volvieron un objetivo fácil para enfatizar la importancia de los idiomas nacionales. En muchos casos, las ciudades tenían nombres rusos o de procedencia soviética, lo que no cuadrada bien dentro del escenario del momento, por lo que se llevó a cabo un proceso en el cual se volvieron a reinstituir los nombres originales o se crearon otros específicos en el idioma de la república.

Kazajstán tuvo el proceso de creación nacional más difícil debido a la heterogeneidad de su población, con casi tantos rusos como kazajos. Sin embargo, las autoridades fueron cambiando gradualmente los nombres rusos de las ciudades. Algunas volvieron a su nombre original, como Aktobé (Aktyubinsk), mientras que otras, como Atirau (Guryev) y Janaozen (Novy Uzen), recibieron nombres a medida ya que originalmente fueron fundadas por los rusos. La preponderancia del ruso en parte de la población, especialmente en el norte del país, también resultó en un bilingüismo kazajo-ruso en lugares como Oskemen, que oficialmente todavía conserva su nombre ruso de Ust-Kamenogorsk. La forma en la que las autoridades kazajas encararon su proyecto nacional puede verse también en la forma en la que lidiaron con los centros urbanos: abandonaron el legado soviético e incentivaron la identidad kazaja sin marginar a las minorías.  

Tayikistán también usó el nombre de las ciudades y provincias como parte de su proyecto de construcción nacional, pero su situación era diferente a la de Kazajstán. Las constantes referencias del presidente Rahmon al Imperio Samánida (819-999) también se vieron reflejadas a nivel territorial cuando la ciudad de Leninskiy pasó a ser Somoniyon. Además, la provincia que también tenía el nombre de Lenin pasó a llamarse Rudaki, en referencia al gran poeta persa de los siglos IX y X que forma parte de la identidad tayika desde la época soviética.  

En Kirguistán, el cambio más significativo fue la vuelta a Bishkek, una variante del original Pishkek, desde Frunze, mientras que en Turkmenistán el nacionalismo convirtió la ciudad de Charjuy o Çärjew, un nombre persa que significa ‘cuatro canales’, en Turkmenabat, o ‘ciudad de los turcomanos’ adoptando el sufijo persa –abad.

Adorando al líder

Los regímenes de Asia Central, cómo otros gobiernos autoritarios, también fueron seducidos por el culto a la personalidad de sus líderes, aunque de diferente manera dependiendo del país. El ejemplo más reciente de esto tuvo lugar el año pasado cuando Astaná, la capital de Kazajstán desde 1997, pasó a llamarse Nur-Sultán en honor al primer presidente del país, Nursultan Nazarbáyev. No obstante, el caso más extremo fue el de Saparmurat Niyavoz, el primer presidente de Turkmenistán, que convirtió la ciudad de Krasnovodsk en Türkmenbaşy, en referencia al título que se dio a sí mismo como ‘líder de los turcomanos’. Por si fuera poco, dedicó la ciudad de Kerki a su padre, rebautizándola como Atamyrat, una decisión que revertió su sucesor en el 2017.  

The Central Asian regimes, as any other authoritarian forms of government, also fell under the spell of the personality cult but to different degrees. The most recent example of this took place last year when Astana, Kazakhstan’s capital since 1997, became Nur-Sultan in honour of the country’s first president, Nursultan Nazarbayev. However, the most extreme case was that Saparmurat Niyazov, the first president of Turkmenistan, who turned the city of Krasnovodsk into Türkmenbaşy, in reference to the tile he bestowed himself as the ‘leader of the Turkmen’. In addition, he dedicated the town of Kerki to this father, and thus named it Atamyrat, a decision that was reverted by his successor in 2017.      

Decenas de ciudades en las repúblicas de Asia Central han cambiado de nombre en el último siglo como resultado de las políticas de sus gobernantes, las mencionadas en el artículo son sólo una selección. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos sucesivos, no han podido forzar a sus ciudadanos a usar los nuevos términos y, en muchos casos, sus habitantes siguen llamándolas por sus nombres antiguos. Esto pone en entredicho la efectividad de dichas medidas. Estéticamente cambian el tejido del país y pueden dar una imagen deseada en los medios, comunicaciones oficiales y mapas, pero eso no quiere decir que los cambios permeen inmediatamente en la vida cotidiana de sus ciudadanos. Las babushkas, taxistas y vendedores de los bazares son un termómetro más fiable para medir su éxito que las estadísticas. Son ellos, y no las autoridades, a pesar de su poder, quienes tienen la última palabra.

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